La desdicha de crecer

Una de las cosas más jodidas de crecer es simplemente saber que se vive en un país de mierda. Siguiendo la línea luego la cosa crece y uno se da cuenta de que está metido también en una sociedad de mierda y finalmente en un mundo de mierda. ¿En qué momento pasó todo esto? Digo, lo de crecer, lo de darse cuenta de todo. Si fue hace nada cuando no entendía ni me importaba nada de esto.

Aquí nacemos sin nada, con lo de nuestros papás, si los tenemos. Si queremos conseguir algo debemos hacerlo por medio del dinero. Tenemos que pagar el agua, la comida, el lugar en donde vivimos y hasta por un pedazo de tierra donde meter nuestros huesos. Prácticamente existir es un gasto. Mi vida ha sido un gasto, un gasto de plata, un gasto de tiempo, un gasto de energía. ¿De quién? De mis papás y de las personas que me han apoyado, porque ellos han tenido que trabajar, dar su tiempo, un tiempo irrecuperable, su juventud y finalmente su vida, para mantenerse y mantenerme vivo. En conclusión, ellos son los que decidieron correr con ese gasto. Pero ahora, desde hace un tiempo, el gasto ha pasado a ser, paulatinamente, responsabilidad mía. Una responsabilidad que incomoda puesto que poco a poco lo va a uno introduciendo en ese juego sucio que para muchos se llama “vivir”. Y entonces en ese “vivir” uno tiene que, mientras sucede, pagarle a un poconón de intermediarios por eso y al mismo tiempo tratar de lograrlo.

Las posibilidades para lograrlo son pocas y no tan afortunadas. Por un lado, uno podría ser heredero de algún buen dinero, propiedades y empresas, y si no lo arruina, mantenerse hasta la muerte, sin un dolor de muela. Pero por lo menos en este país es una posibilidad muy remota y de la cual gozaría apenas un reducido grupo. El resto de la gente sólo puede resignarse a trabajar como empleado o comenzar lo suyo. Si descartamos la primera posibilidad por remota, nos quedarían sólo las últimas dos que, hay que aclarar, buscan el mismo objetivo: generar dinero. De esas dos, la más rápida y accesible es la de trabajar como empleado, ya que todo está diseñado para eso. La sociedad incentiva el empleo y nos hace creer que obtener uno es sinónimo de bienestar, mientras que lo hace más duro para que podamos crear lo nuestro. Tal vez por eso es que nunca ha querido dedicarse a incentivar el arte y las demás disciplinas creativas.

De todo esto uno se comienza a dar cuenta cuando está por terminar el colegio. Es la época en la que uno tiene que tomar decisiones. La mayoría toma la decisión de ser un empleado, la diferencia está en el lapso de tiempo entre salir del colegio y hacerlo. Antes de salir, si uno es hombre aquí, tiene que saber, a las malas, que el servicio militar es obligatorio y que dependiendo de la edad en la que uno se gradúa y otros factores, de pronto le toque ir a prestarlo.  Y si le toca ir a prestarlo, y no tiene cómo pagar para que no se lo lleven, puede que en el momento esté algún ministro de defensa (que puede llegar a ser presidente) que tenga la brillante idea de asesinarlo a uno o a sus compañeros para hacerlo pasar como un guerrillero abatido y así mostrar buenos resultados. Yo me salvé, por la edad, no me hicieron empelotar ni ninguna cosa de esas. Eso sí,  no olvidaron pasarme la cuenta para pagar por esa “salvada”. De nuevo mis patrocinadores participaron y listo, terminé el colegio con mi “situación militar” resuelta.

Vi cómo varios de mis compañeros se fueron a jurar bandera en diferentes lugares. Yo por mi lado ahora tenía que tomar de nuevo otra decisión, si alargaba el lapso de tiempo para entrar a trabajar o comenzar de una. La primera manera de alargarlo es la universidad. Uno entra no tanto con esa idea, sino más con la idea de un beneficio a futuro y una alegría para los padres y la familia. Pero, ¿estudiar qué? Si en el colegio me tocó ver muchas cosas que no me interesaban tanto y de lo que me interesó no vi sino a penas unas horas y en otros casos no hubo nada. Me dieron un poquito de esto, un poquito de lo otro. Que vaya por allí, que venga por allá, que así no se hace, que mire que es así, que eso no sirve para nada y termina uno más confundido que después de dar 100 vueltas en el mismo sitio. Y luego de nuevo: pero, ¿estudiar que?

Terminamos el bachillerato y si queremos huirle al trabajo, por lo menos un tiempo, debemos iniciar una carrera universitaria, continuar con los estudios. Pero si me enseñaron, matemáticas, ciencias naturales, ciencias sociales, español, inglés, educación física, filosofía y a penas un poquito de música y un poquitico de artes, cómo hago yo para resolver ese problema tan grande, si ni siquiera uno sabe que es una licenciatura, una ingeniería, si se nos hacen extraños y lejanos conceptos como el de medicina, diseño, humanidades. Nos tiran como si fuéramos las sobras de un paquete y en esa caída, tenemos que escoger nuestra suerte, a ciegas, sin tiempo, sin ayuda. Todos salen a estudiar, pero siendo honestos, nadie sabe qué estudiar. Sabemos a penas lo que por encima nos ha mencionado un familiar, un amigo, un desconocido, y nos tenemos que guiar de eso para escoger una profesión. ¿Tiene eso algo de sentido? ¿Creen que haciendo un estúpido y superficial examen donde lo perfilan a uno para elegir una carrera todo está solucionado?

Está bien, a tientas, escogemos alguna cosa que estudiar. Pero listo, sólo esa carrera está en aquella universidad, la privada, la que vale mucho, pero ¿y la plata? ¿Trabajar? ¿Trabajar para pagar la universidad? Ni de loco, uno no hace lo uno ni lo otro, por lo menos sin vivir cansado todo el puto día, y todo el puto semestre, y todo el puto año, y toda la puta carrera. Pero tranquilos, está el estado, tan amable como siempre, dispuesto a prestarle a uno la platica para estudiar, claro Prestarle, no regalarle, eso sería pecado. Y entonces me meto a una deuda en promedio de 50 millones de pesos, sin contar los intereses, de los cuáles no tengo ni el 1% en el bolsillo, para cumplir las expectativas de mis padres y de la sociedad? Porque ellos, en consecuencia, son quienes nos han presionado para tomar una decisión como esas. “No espere tanto” o “Entonces ¿qué se va a poner a hacer?”. Nos dicen padres, amigos, familiares y  desconocidos. Y bueno seguimos a ciegas y tras de todo empujados para meternos a una universidad. ¿50 millones de pesos? Bueno está bien, también existe la universidad pública, pero la verdad es que no hay tantos cupos y sí muchos aspirantes. ¿Que se presenten 800 a una carrera para que ingresen 50? Qué competencia más dura. ¿Y los otros 750? ¿A endeudarse? Jueputa. Ojalá pase.

No sé cómo diablos, pero resulta que pasé a la publica. La gente lo celebra, viendo los 7 (es un promedio porque aumenta cada año) millones que paga mi primo por la misma carrera en la Javeriana, creo que como dicen, “me ahorré unos pesitos”. Bueno, a mis patrocinadores. Inicio una carrera que creo que es la que me gusta, que es la que quiero y listo todo parece ir bien. Primero, segundo, tercer, cuarto semestre. ¿Cómo van los estudios? Pregunta un fulano chismoso que no sé de dónde salió pero que es algún tipo de familiar. Bien todo bien. ¿Y eso para qué sirve? Vuelve a preguntar. Un poco harto trato de acomodar una respuesta comprensible, porque ni yo mismo estoy seguro de para qué sirve. Osea que cuando termine, ¿usted sale a hacer qué? Sigue el interrogatorio. ¿Y si hay trabajo para eso? Tengo que reconocer que aquí nadie entiende casi de eso, y que lo que hay en oferta de trabajo no es tanto, y que los sueldos que he escuchado que pagan son unos sueldos de mierda. Pero bueno, algo se podrá hacer.

Y en medio de esa preguntadera, después de quinto semestre uno comienza a entrar en un camino que lo lleva a uno a la realidad. Pero bueno, ¿salir a hacer qué? Cuando me gradúe. ¿Seguir estudiando? Osea que ¿cuántos millones más es que son? ¿Y después de eso? ¿Cuántos millones más? La educación es un negocio, un negocio en el que sale perdiendo es uno. En sexto semestre ya cuánta plata uno no le ha invertido a la vaina, y como que queda la sensación de que en realidad uno no ha a aprendido tanto. Osea, ¿si valían eso los tres años que llevo aquí metido?. Y uno mira al futuro y lo ve oscuro. No hay trabajo y si lo hay es bajo unas condiciones absurdas y un sueldo mediocre. Ok voy a descansar de la universidad un tiempo, para ver qué decido hacer.

Caigo en la trampa, en parte por la presión de la gente, que parece que se ofende si uno “no está haciendo nada”, porque para ellos pensar no cuenta, y decido buscar un trabajo. En la entrevista me preguntan que si estoy dispuesto a cambiar mi aspecto, es decir, a cortarme el pelo, afeitarme, quitarme los aretes, piercings, y ocultar los tatuajes. En pocas palabras le deberían a resumir a uno la cosa así: ¿Está dispuesto a renunciar a usted mismo? La mayoría de gente responde que sí. Yo también respondí que sí. Pero no lo soporté y a los dos meses tuve que abandonarlo, ¿cómo iba yo a continuar con semejante crueldad?

Regreso a la universidad pero a ahora la sensación de pérdida de tiempo es enorme. Uno comienza a darse cuenta de la mediocridad del sistema, de la academia, de los profesores. Y entonces si uno se pone a pensar en la carrera apenas ha tenido uno o dos buenos profes. El resto han ido a dar lo suyo, a dar el mismo tema, contar los mismos chistes, las mismas anécdotas, a impresionar a algunos primiparos deslumbrados e ingenuos y por supuesto a cuadrar su sueldo. De los compañeros, ni se diga. Nadie quiere estudiar. Todos van a la universidad a estudiar pero todos dicen “qué mamera” antes de entrar a clase, la gente cuenta las inasistencias que puede llegar a tener y las usa como quemando el último cartucho. Trabajos mediocres, investigaciones superficiales, cháchara, mucha cháchara. Pero farra todo la que quiera. Si pudiera hacer un resumen de la universidad, diría que es el espacio para ir a farriar, tener sexo, beber mucho y consumir drogas. Pareciera ser lo que más importa, a las clases se va porque toca, el cartón es para los papás.

No lo soporto y tengo que abandonar. Regreso de vez en cuando y me doy cuenta de que no tengo nada de qué arrepentirme. Pero ahora hay otras cosas que apremian. Tengo que salir de mi casa, buscarme lo mío, mi espacio, mis cosas. Uno se busca como levantarse el dinero, pero aquí los políticos hacen lo que se les da la gana. Es obligatorio pagar salud y pensión. ¿Pero por qué pensión? Si ni me voy a pensionar. La generación de mis papás está tensa buscando eso y si para ellos es jodido, imagínese para nosotros. Pero es la ley. Es obligatorio pagar impuestos. Ya no hay horas extras. Desempleo si, mucho. Que si quiere montar una empresa, necesita dinero, y ¿de dónde? Y si la monta que le tiene que dar al estado 30% de sus ganancias. ¿Y pagar impuestos para qué? Para mantener a los hijitos de los políticos mientras se van de fiesta a otros países con la excusa de estudiar. Que el salario mínimo sube lo que se les da la gana, no lo que debería, que el transporte también subió, la comida, los servicios. ¿A alguno de los “genios” que se sientan allá arriba se le ocurrió en algún momento consultarnos? Por supuesto que no. Jueputa. Y ni me puedo enfermar porque aquí la vida vale una mierda, vale más una vía sin trancón que la vida, y es tan triste que me puedo morir en un trancón, o esperando la ambulancia que no llega porque se quedó en ese mismo trancón. No sé si reír o llorar, esto parece es un mal chiste. Pero bueno, ¿estar vivo para qué? Si crecer es darse cuenta de que hacemos parte sólo de un negocio, un negocio en el que los únicos que perdemos somos nosotros. Porque aquí se inventan hasta gripas para asustarlo a uno y para cuadrar más negocios. Todo lo que sucede en este planeta hace parte de eso.

Y ¿entonces? ¿Cuál es la alegría de crecer? ¿Por qué fuimos tan ingenuos como para aspirar a ser grandes algún día? Si crecer no es más que apoyar todo lo que nos daña, nos pervierte, nos entristece, nos quita la vida.  

Texto por Andrés Villa

 

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