#YoTambién

Por: Melisa Manrique

Recuerdo a un familiar que se quejaba sobre cómo se sentía discriminado como hombre. Decía que siempre se subía a Transmilenio con incomodidad y preocupación de que fuera a rozar a alguna mujer con la bragueta del pantalón y lo fueran a linchar o a juzgar. Pobrecito. Un hombre, blanco, clase media, que utiliza trasporte público dos veces al mes, tiene que soportar la presión psicológica de que un movimiento involuntario lo ponga en una situación de vulnerabilidad, de verdad ¿Cómo no sentirse identificado? No con el pobre bigotón claramente, pero sí con la vulnerabilidad. También recuerdo una conversación entre mi novio y sus amigos donde hablaban sobre cuanto los molestaba que otros hombres ‘piropearan’ a sus novias en la calle, pero que se hacían los pendejos porque el otro hombre era más grande, se veía más fuerte, iba con otros hombres y otras tantas justificaciones. También me sentí identificada, no por el incontenible sentimiento sobreprotector, sino por todas las veces que no respondí al acoso callejero por miedo a enfrentarme a alguien que podía herirme físicamente.

Esta semana, mujeres que han sido abusadas o acosadas sexualmente o que han estado o están en relaciones abusivas están diciéndole a otros, muchos otros, muchos que ni siquiera conocen, lo que probablemente no se han dicho ni a ellas mismas. A mí también me cogieron el culo en la calle cuando era niña, a mí también me manipularon emocionalmente, a mí también me hicieron sentir incomoda, me persiguieron, me intimidaron, me amenazaron, me golpearon, me tocaron, me violaron. Millones de mujeres que escarban entre sus recuerdos más dolorosos para que por fin la otra mitad del mundo crea que el problema es real, que existe, que es permanente, ignorado y además normalizado e incluso ocasionalmente aplaudido. Porque de pronto si la que escribe es la amiga, la hija, la hermana o la novia entonces de pronto si pase de vez en cuando. Entonces le doy like, y eso debería bastar.

Esa es la lógica de las redes sociales, ¿o no? Lo leí, me enteré, te apoyo oprimiendo este botón y eso debería ser suficiente para que mañana cuando subas al Transmilenio no incomodes a ningún hombre pasando muy cerca de su bragueta. No sería mejor preguntarse a usted mismo qué pude hacer, que acciones reales puede tomar para ayudar, usted también mujer, porque no son solo los hombres los que se hacen los pendejos. ¿No sería mejor la intolerancia, linchar al cabrón que se acerca tanto como puede para decir la cochinada y además asegurarse de dejar la sensación del aliento y el calor desagradable del ‘piropo’? ¿No sería mejor preguntarle a su novia, hija, amiga, mamá, qué fue lo que pasó, qué puede hacer, quién fue, cómo puede reconocer cuando está pasando? ¿Qué tal si mejor somos intolerantes? ¿Qué tal si le pedimos al cabrón que por favor repita lo que dijo en voz alta para que todos escuchen? Porque es que a veces hablan tan bajo que uno ni entiende lo que dicen pero sabe que no tendrían las huevas de decirlo en voz alta.

Qué bueno lo de hashtag, de verdad, pero ojalá no se quede ahí, ojalá los hombres también buscaran en su memoria todas las veces que se hicieron los pendejos, que miraron para otro lado, que se rieron del chiste sobre violación, mejor aún, que buscaran en su memoria todas las veces que fueron abusivos, todas las veces que tocaron sin permiso. Ojalá empiecen no solo a tratar con respeto sino a exigir respeto, y tratar con respeto no es tratar como princesas, el respeto no es ceder la silla, ni abrir la puerta del carro, ni que les paguen las cuentas; el respeto es un salario igualitario, es poder de decisión sobre su cuerpos, sus libertades sexuales y de reproducción, el respeto es intolerancia al abuso y al acoso.

#metoo

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