¿Ustedes Creen Que Eso Es Arte?

Por: Señor OK

Un hombre pasa en una camioneta gris, como casi todas las camionetas que transitan por la calle 10. Desde su ventana y con un aire de tranquilidad que cubre como un halo la última etapa de su vida; quizá está en la época dorada que aparece en las publicidades de los geriátricos, pregunta: ¿Ustedes creen que eso es arte? La pregunta está dirigida a cuatro personas que pintan un mural, hacen grafiti, mejor dicho. Y cuando el hombre pregunta de una manera tan cordial, casi pedagógica, desde su carro en movimiento, los cuatro hombres primero se ríen, pero luego de un rato meditan: se ubican cada uno en la porción del muro que les corresponde y empiezan, mecánicamente a pintar y subrepticiamente a reflexionar sobre la pregunta. ¿Esto será arte?, hacen un trazo para rellenar una parte de un rostro ¿Qué será esto que hacemos en la calle?, dan un brillo con aerosol blanco ¿Un sin sentido?, le hacen un powerline a unas letras ¿arte o algo que se le parece?, piensan mientras pintan. Pero como están los cuatro en son de pintar y no de preguntar, continúan con la risa y la chacotería. Se ríen de lo que acaba de pasar. Todo es cosa de chiste, de amigos, cerveza y grafiti, y el proceso del muro continúa sin problema. 

20 minutos después, el mismo hombre pasa en la misma camioneta gris y pregunta con la idéntica voz sosegada de hace un momento: ¿Ustedes creen que eso es arte? Esta vez los cuatro voltean a ver y la carcajada suena el doble, estalla y se riega por el pavimento como si fuera pintura a base de agua, le llega al señor de la camioneta que entiende que su pregunta causó estragos. Uno de los hombres que pinta incluso aplaude la pericia del viejo de la camioneta que quizá conoce muy bien el conductismo de Pávlov y cree que a través de la repetición logrará modificar una conducta. La pregunta cala en los huesos de los grafiteros, y por un momento conversan, esta vez en voz alta, sobre lo que están haciendo. Y la pregunta por el arte cae, decimonónica, otra vez sobre sus hombros. 

El que sepa qué diablos es arte que tire la primera piedra, más ahora, en tiempos de Oscar Murillo y de landart. En la novela Los Estratos de Juan Cárdenas hay una escena donde se describe la obra de un artista que consiste en apilar un montón de piedras envueltas con hojas de papel; la idea del artista es que las hojas que envuelven las piedras lleven mensajes escritos por indígenas y que las personas que tengan la obra en las manos decidan arrojar dichas piedras a donde les parezca mejor: el congreso, un banco, una universidad. Pero el narrador se da cuenta una noche que los papeles que envuelven las hojas están vacíos y eso cambia todo, aunque la verdad no cambia nada, pues el gesto es lo que parece importarle al artista: el compromiso con los indígenas y sus protestas, sin importar “el contenido”. ¿Qué diría el señor de la camioneta de este artista? Pasaría en su carro por el montículo de piedras preguntando a los asistentes de la exposición ¿Ustedes piensan que eso es arte?, con el tono sosegado que parece caracterizarlo. Pasará escuchando Schubert en su camioneta por la escultura de Fredy Alzate que está empotrada en Ayacucho y le preguntará ¿cree usted que es arte? Nadie sabe lo que la escultura le pueda responder. 

Dos horas después el hombre de la camioneta pasa por el muro que están pintando los cuatro hombres, ahora a pie, sin el resguardo de latas grises y llantas, esta vez no pregunta nada y se limita a mirar y a mascullar algo que no alcanza a traducir en palabras, se ve que lo que hacen los cuatro hombres le afecta, el grafiti parece indignarlo. Es posible que sea un hombre de ideales indoors: quizá crea que el arte es algo que pasa solamente bajo techo y, muy probablemente haya que pagar la entrada para contemplarlo, como un striptease o un museo.   

Lo más probable es que el arte no tenga una definición absoluta y quizá allí resida su mayor virtud. El grafiti y el muralismo tienen otras preguntas, creo, mucho más cercanas a un oficio técnico que a una estructura conceptual o de pensamiento y por esto siento que son oficios espontáneos en la mayoría de los casos.  La raya, el tag, la bomba que aparece en la fachada de una tienda de mascotas no tiene muchas preguntas encima y más bien se libera de ellas y simplemente se acciona en el momento de la manufactura y no más. La pregunta “¿ustedes creen que eso es arte?” pone en jaque al muralismo que pretender ser arte: volver la ciudad un museo, expandir el poder curatorial de una institución a todo ejercicio pictórico que hay fuera de ella. Pero hay muchos senderos que se bifurcan y no se comprometen con un discurso y simplemente aparecen, sin pretensiones, en cada lugar, como una mancha, una firma, una imagen que, lo más probable, la lluvia y el paso del tiempo borrarán.    

Los cuatro hombres terminan su mural, uno de ellos va a tomar una foto en la calle de enfrente y la señora de la tienda le dice: ¡Qué arte el que ustedes tienen!, con un tono sosegado, casi pedagógico, y el hombre que toma la foto le responde: muchas gracias doña, pero regresa a donde están los otros tres grafiteros para replicar las palabras de la señora y así la pregunta por el arte cae, decimonónica, otra vez sobre sus hombros.